La puta de Babilonia

Este es el título del último libro de Fernando Vallejo, autor colombiano radicado en México, y que se lo dedica con mucho gusto a la iglesia católica. El libro narra la historia de asesinatos, genocidio, etnicidio, vejaciones, traiciones y demás linduras que ha cometido la iglesia católica, de cariño La Puta, a través de sus 1700 años de historia, todo en nombre del “cristianismo”.

La puta de Babilonia era el nombre con el que los albigenses llamaban a la iglesia apostólica y romana, expresión obtenida del Apocalipsis. Los albigenses constituyeron una secta que tuvo la ingenuidad de creer que Cristo había sido “el hombre más noble y justo que haya producido la humanidad, nuestra última esperanza” (citando a Vallejo) y decidieron seguir su ejemplo; por tal motivo fueron masacrados en 1209 por órdenes del entonces papa Inocencio III, junto a todos los habitantes de la ciudad de Beziers, donde se refugiaban.

Los ciudadanos de Beziers decidieron resistir y no entregar a sus protegidos, pero por una imprudencia de unos jóvenes atolondrados la ciudad cayó en manos de los sitiadores y éstos, con católico celo, se entregaron a la rapiña y al exterminio. ¿Pero cómo distinguir a los ortodoxos de los albigenses? La orden de Amalrico [legado papal al mando del ejército católico] fue: “Mátenlos a todos que ya después el Señor verá cuáles son los suyos”. Y así, sin distingos, herejes y católicos por igual iban cayendo todos degollados. […] “Hoy, Su Santidad –le escribía esa noche Amalrico a Inocencio III–, veinte mil ciudadanos fueron pasados por la espada sin importar sexo ni edad”. Albigenses o no, los veinte mil eran todos cristianos. Y así ese papa criminal que llevaba el nombre burlón de Inocencio lograba matar en un sólo día y en una sola ciudad diez o veinte veces más correligionarios que los que mataron los emperadores romanos cuando la llamada “era de los mártires” a lo largo y ancho del imperio.

Con esta historia inicia Vallejo su narración histórica de la evolución del catolicismo. Nos narra los orígenes de la iglesia, las traiciones y asesinatos en la silla papal*, y las complicidades de Roma con los peores genocidas de la historia de la humanidad.

Sin embargo, Vallejo no sólo se mete con las atrocidades de la iglesia, sino con el mismo cristianismo. Primero, afirma que el mito de Jesús (o Cristo), no sólo es un mito, sino además un mito poco original, basado en mitos conocidos en oriente y occidente por siglos: Atis de Frigia, Dionisio de Grecia, Buda de Nepal, Krishna de la India, Horus de Egipto, o Zaratustra de Persia.

Critica además la pobre redacción, pero ricos en errores geográficos y en contradicciones históricas, de los evangelios, epístolas y demás libros del Nuevo Testamento. Y no sólo eso, sino critica al mismo Jesús Cristo, el personaje, describiendo como un humano brutal, incapaz de piedad o consideración por su prójimo, y Vallejo se pregunta cómo un personaje así puede ser un modelo para la humanidad.

En fin, recomiendo ampliamente el libro.


*Muy interesante, sobre todo, la era de la “putacracia”, como la llama Vallejo, o “pornocracia”. Pedro Miguel, en su columna Navegaciones, en La Jornada, escribió tres artículos sobre esta etapa histórica: El concilio horrendo, Roma deplorabilis y Las y los Papas.

**Por cierto, ya que estamos hablando de la iglesia católica, voy a mencionar el vergonzoso Santuario de la Virgen de Guadalupe, que tuve la “fortuna” de visitar en mi último viaje a Morelia. Marcado como “visita imprescindible” en la guía turística en mis manos, visité el dicho santuario sólo para verificar la ilimitada soberbia, pedantería y sobre todo poder de la iglesia durante la colonia. Además de estar adornada con un lujo excesivo y de mal gusto que ya lo hubiera querido el “Negro” Durazo en su mansión, el templo posee un par de pinturas sobre la evangelización en América. Desde luego, las pinturas son una muestra de la “salvación” traída a América por lo curas católicos. En una de ellas observamos un sacrificio humano interrumpido por unos frailes, que parecen decir “¡Esperad, que lo sacrificaremos nosotros”.

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