Crónica de un viaje anunciado

El pasado fin de semana realicé un viaje por invitación de un colega a San Antonio, para impartir una charla a los estudiantes de licenciatura de la UTSA. Aunque puedo decir que la charla fue del agrado de la raza, lo interesante fue el vuelo de regreso, que tomó, contando desde que llegué al aeropuerto de San Antonio hasta el de Colima, más de 24 horas.

El vuelo de vuelta sería simple: San Antonio – México DF (por Aeroméxico) y luego México DF – Colima (por Mexicana). De San Antonio saldría a la 1:50pm, así que alrededor de las 12 del medio día estaba yo en San Antonio, en el mostrador de Aeroméxico, tratando de documentar mi equipaje.

Primera sorpresa: El vuelo de Aeroméxico que salía a la 1:50pm había sido cambiado para las 6:00pm. Así que, de entrada, ya perdería mi conexión a Colima. Era el inicio de varias horas gastadas en los mostradores de Aeroméxico.

Me avisan que mi itinerario había sido modificado para no perder conexión a Colima, así que saldría a las 10:00am (¿¡!?). Obviamente nadie me había avisado, por lo que lo primero que pensé fue rayársela a la agencia de viajes, que ni se dio por enterada del cambio. Lo segundo que pensé fue en las opciones, y ya parecía que iba a llegar hasta al día siguiente a Colima.

Le propuse a la vendedora cambiar mi viaje a Guadalajara. De ahí ya podría yo tomar un camión a Colima, como se suele hacer (el aeropuerto de Colima es muy pequeño, por lo que el de Guadalajara es más utilizado por los colimenses). Sí hay un viaje de México a Guadalajara que sale suficientemente tarde (por Aeroméxico), así que modifican mi itinerario.

Por lo pronto, telefoneo a mi colega en San Antonio para avisarle que todavía no me voy. Así que acuerda en pasar por mi de nuevo al aeropuerto. Lo curioso es que, cuando llega al aeropuerto, las vendedoras aún no pueden resolver los detalles técnicos de mi cambio de itinerario. Para esto ya ha pasado una hora, y me despiden asegurando que ellas lo resolverán. Me entregan mis pases de abordar de ambos vuelos, y mi maleta queda documentada para Guadalajara.

A las 5:00pm llego al aeropuerto, con tiempo suficiente para abordar el vuelo. Ni siquiera está anunciado en las pantallas, aunque mi pase de abordar ya indica que será en la sala 1. Así que voy para allá.

Segunda sorpresa: Poco antes de abordar el avión, otra vendedora de Aeroméxico me avisa que no se pudo reservar mi viaje a Guadalajara, así que sin más me entrega un pase de abordar modificado y un voucher con una reservación en un hotel del DF. Habían modificado, de nuevo, mi itinerario, para salir esta vez del DF a Colima a las 7:00am, ahora por Mexicana.

Sin oportunidad de averiguar nada más (ya no quería que la cosa empeorara), sólo fui al mostrador en la sala para preguntar más detalles sobre el vuelo del día siguiente. Primero tuve que esperar a que una señora se las rayara a los de Aeroméxico, quejándose de que el vuelo, el mismo donde yo saldría, ni siquiera estaba anunciado en las pantallas, y nadie supo darle información. Después del pequeño incidente, me avisan que mi vuelo es por Mexicana a las 7 (lo mismo que habían dicho antes), sin darme un número de reservación ni nada. En México, me dirían, me resolverían todo eso. 

Llego al DF (a tiempo, de hecho, lo cual cada vez se vuelve más raro en los vuelos) y paso por inmigración mexicana. Me indican dónde se encuentra el equipaje del vuelo, y veo que todas las maletas están incluso abajo de la banda. 

Tercera sorpresa: No encuentro mi maleta. “Nomás eso faltaba” –pensé (aunque estaba equivocado, pienso ahora). Voy a reportarla, y la señora que atiende toma nota. Va al lugar donde se hayan las maletas y encuentra una con la etiqueta que corresponde, junto con mi nombre, a la que traigo en la mano. –¿Está seguro que no es la suya?–, pregunta. Sin comentarios.

Después de un rato la convenzo de que mi maleta debe estar con el resto del equipaje que va a Guadalajara. Manda a buscarla, por radio, y le reportan que hay una maleta con la etiqueta con mi nombre. Aún tenía la etiqueta hacia Guadalajara, por lo que los güeyes de San Antonio habían intercambiado la etiqueta a una maleta más, cuyo dueño posiblemente la sigue buscando.

Finalmente me entregó mi maleta, y la maleta desconocida fue a dar al montón de maletas perdidas de Aeroméxico. De ahí paso al mostrador de Aeroméxico, para mostrarles el voucher del hotel y preguntar por mi reservación. –Es fácil–, me dijeron, sólo puede pasar directamente a la oficina del hotel aquí mismo en la terminal. 

Antes, busco al mostrador de Mexicana para verificar el vuelo del día siguiente. El mostrador se encuentra en la terminal 1 del aeropuerto, y yo me encontraba en la terminal 2. Al ver que la pequeña oficina de Mexicana instalada en la terminal 2 estaba cerrada, regreso al mostrador de Aeroméxico para preguntar, al fin que ellos mismos se habían hecho cargo (o al menos eso creía).

–No encuentro su reservación–, me comenta el vendedor. –Déjeme ir a preguntar a la oficina. No vaya creer que lo abandono, pero me voy a tardar–. Efectivamente, se tardó.

Cuarta sorpresa: Regresa a los 20 minutos y me avisa que no hay ninguna reservación a mi nombre para el vuelo del día siguiente. –¿No tiene algún número de reservación?–, me pregunta. Sólo le muestro el papel donde la vendedora de Aeroméxico había apuntado “7:00 Mexicana”. Era todo lo que tenía. Le di mi itinerario original, donde marcaba el vuelo de la 1:50pm. Se lo llevó y me pidió que lo volviera a esperar. Y se volvió a tardar.

Regresa, de nuevo después de unos 20 minutos, para decirme que no pudo reservar en el vuelo de las 7:00am de Mexicana. Sin embargo, me hizo una reservación para el vuelo de las 10:50am de Aeromar. Esta vez sí me dio un número de reservación, por lo que parecía que todo estaba arreglado. Me fui a buscar la oficina del hotel.

En la misma terminal hay una especie de recepción del hotel, donde verifican mi reservación y hasta me entregan mi llave. Mientras espero reviso el menú de uno de los restaurantes del hotel, y observo que unos malditos tacos de pollo cuestan 190 pesos. “Ya me quedé sin cenar”, pensé. Sin embargo, además de la llave la recepcionista me entregó unos cupones de cena y desayuno, por lo que la estancia en el hotel pasó sin mayor problema.

Al día siguiente me presento en el mostrador de Aeromar, esperando que me digan que siempre no. Sin embargo, todo funciona y documentan mi maleta. Parece que todo irá bien en el último vuelo. “Ya nomás falta que este vuelo se atrase o se cancele”, pensé.

Quinta sorpresa: El vuelo se atrasa (aunque ya no era sorpresa). Aunque el vuelo salía a las 10:50, a las 11 todavía no hay señales del avión en la sala. Finalmente abordamos unos 10 minutos después, y el vuelo partió media hora tarde.

Llegué a Colima a las 12:45, 24 horas y media después de que llegué al aeropuerto en San Antonio. Y todavía hay quien me pregunta que si por qué no me gusta viajar.

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